El extraordinario violinista Graf Mourja

 

 

Originario de Ucrania, Graf Mourja es reconocido por ser uno de los más prominentes ejecutantes de nuestro tiempo. Su pasión queda manifiesta en cada frase y es innegable el nivel de trabajo que hay detrás de éste violinista extraordinario, aquí su semblanza:

 

Comenzó sus estudios musicales con su padre, para después incorporarse a la Escuela Central de Música para niños prodigio de Moscú, bajo la tutela de la violinista Irina Botchkova, una de las principales figuras de la escuela Yankelevtich, quien lo acompañaría académicamente hasta el término de sus estudios en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.  Ha sido laureado en numerosos concursos internacionales destacando el Paganini, Génova 1990, Vianna da Motta, Lisboa 1991, Tchaikovsky, Moscú, 1994, Jacques Thibaud-Ville de París, 1996, Sarasate, 1997, Viotti-Valsesia, Roma, 1999, UNISA, Pretoria, 2002, por nombrar algunos. Dentro de su producción discográfica para Harmonia Mundi, bajo el segmento “Le Nouveaux Interpretes¨,  pueden encontrarse grabaciones de obras de Ravel, Schnittke, Szymanowski, Prokofiev, obteniendo relevantes comentarios por la crítica internacional. En 2005 interpretó el Concierto de Tchaikovsky con la Orquesta Lamoureux bajo la dirección de  Yutaka Sado en el Teatro de Campos Elíseos en París presentándose nuevamente en 2006. Ha brindado conciertos en las las principales salas de Italia, Hungría, Gran Bretaña y Corea. Es considerado el mejor violinista de su generación del Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.

 

Escucha la memoria sonora del Concierto para Violín y Orquesta en Re menor, Op.47 del finés, Jean Sibelius, en la ejecución de Graf Mourja y la dirección de nuestro titular José Miramontes Zapata:

 

 

Acerca de la obra

 

Concierto para Violín y Orquesta en Re menor, Op.47

 

Dedicado en primer término al virtuoso violinista Willy Burmester, quien admiraba profundamente a Sibelius que solicitó la composición de un concierto para violín para ejecutarlo. Desafortunadamente Sibelius presionó para que fuera estrenado en breve, lo cual provocó que Burmester declinara de presentarlo, ya que el nivel técnico del concierto es muy alto para premeditar su ejecución. Sibelius entonces pidió al pedagogo  Víctor Nováček quien a pesar de su gran reputación como pedagogo no contaba con experiencia concertística, dando como resultado un estreno desastroso. Burmester entonces ofreció de nuevo sus servicios, con la siguiente nota “Todos mis 25 años de experiencia en el escenario, mi concentración artística y profundidad pondré al servicio de ésta obra...Tocaré su concierto en Helsingfors de manera que toda la ciudad quedará a sus pies”. Sibelius volvió a despreciarlo y lo dio al concertino de la filarmónica de Berlín, miembro del Cuarteto Joachim, Karl Halir.  La dedicatoria finalmente fue para otro violinista Ferenc von Vecsey. 

A la edad de 14 años Sibelius deseó profundamente convertirse en un virtuoso violinista “El violín me tomó como una tormenta,  por los siguientes diez años fue mi mayor anhelo, mi descontrolada ambición era convertirme en un gran virtuoso”. No lo logró, no había los recursos académicos para lograr una gran carrera y tampoco contaba con la coordinación ni el temperamento para semejante deseo. Su concierto para violín da cuenta de sus ambiciones técnicas e interpretativas, el primer movimiento cargado de lirismo y colorido armónico introduce de inmediato al solista con un discurso de gran fuerza al que se suman las cuerdas, un segundo tema enérgico y fugaz, los temas convergen, se amplían, logra la unidad temática con magnificencia. Sibelius es posiblemente después de Brahms, el más grande sinfonista. El segundo movimiento uno de los Adagios más bellos, clarinetes y oboes gentilmente conducen a la entrada del violín solo, profundo, fantástico, poético se debate en claroscuros, una posible despedida de esperanzas y sueños, posiblemente del anhelo de haber sido un virtuoso violinista. El tercer movimiento con su ritmo sincopado enérgico, cuyo tema principal proviene del cuarteto para cuerdas escrito en 1880 “Una polonesa para osos polares”, como la llamó el musicólogo Donald Francis Tovey. Rítmica repleta de embellecimientos de bravura técnica, cierra con maestría una página composicional en el repertorio del Gran Sibelius.

 

 

 

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